Ana
Sergeyevna era una mujer sensible, delicada, acostumbrada a hacerle
frente a todos sus problemas. Pero hay uno al que no pudo encontrarle
solución: su marido. Si bien éste le llevaba varios años, ella se
casó enamorada y dispuesta a formar una familia con él. Todos sus
planes se fueron derribando a medida que ella fue comprobando que su
esposo, Von Diderits, era un “lacayo”.Ella lo conoció en una de esas
reuniones de gente importante. Hija de uno de los hombres más
poderosos de Rusia, fue una de las invitadas de honor ante la
ausencia de su fallecido padre. Justamente esa noche, un 14 de
septiembre, cruzó miradas con ese hombre mayor, claramente se veía
esa diferencia de edad, y en contados minutos descubrió que con él
quería pasar el resto de sus días. A partir de allí, se vieron
algunas veces más y rápidamente se casaron pese a los rumores de la
sociedad por la repentina decisión. Más allá de los inexpertos 20
años de la joven, todo marchaba como ella lo había soñado: Von
Diderits la complacía en todo y, vista desde afuera, era una pareja
sumamente feliz. Pasaban los días y Ana sentía que cada vez estaba
más enamorada de su marido.Pero con el tiempo, Ana comenzó a
ver cosas raras. Su esposo ya no era el mismo de esos primeros años
de matrimonio. Quizás por curiosa o por falta de atractivos en su
vida, la mujer quiso conocer más acerca del empleo de Von Diderits.
Pese a las cataratas de preguntas por parte de Ana, sus dudas no se
develaron. Ella sabía que algo andaba mal pero no podía saber qué
era. Y la situación se fue agravando con el pasar de los días hasta
que una noche, aprovechando que Von Diderits dormía, Ana se decidió
a abrir el maletín de su marido y comprobó lo que tanto temía: era
parte de una mafia que no llegó a entender bien de qué se trataba;
con lo que había descubierto le era suficiente para marcharse de S.
junto a su perro, un pomerania que se había comprado a causa de la
inmensa soledad que sentía ante la falta de cariño e interés de su
marido. Su destino fue Yalta, la ciudad “triste”, así
caracterizada por muchos rusos.
Y fue allí en Yalta donde conoció
a un hombre, Dmitri Dmitrich Gurov, que le hizo darse cuenta de que
estaba viviendo en una burbuja: su matrimonio era una farsa que ella
se había creado ante la falta de afecto que sentía desde la pérdida
de su padre. Su historia no era fácil: su madre había fallecido
pocos meses después del nacimiento de su única hija y solamente se
crió junto a su padre, a quien perdió después de una larga
enfermedad cuando Ana tenía 18 años. Quizás esto explica cómo
Gurov, también casado pero infeliz por lo que demostraba, le hizo
sentir cosas que jamás había experimentado. Ana se enamoró
intensamente de ese hombre que vivía en Rusia pero sus destinos
parecían no estar sincronizados. Pese a tener las circunstancias en
contra, la mujer replanteó su vida y le prometió a su amado una
vida a su lado. Ambos decidieron borrar el pasado, reparar el
presente y planear un futuro juntos sabiendo que no les esperaban
días fáciles.

